¿Eres de los que puntúa los libros que lees?

Usáis diferentes métodos para recordar lo bueno o lo malo que ha sido un libro. Las hojas de guarda, las portadillas o portadas resultan lugares idóneos para marcar vuestras evaluaciones. Hay quienes ponéis flechas hacia arriba o hacia abajo, también en oblicuo, indicando si la lectura ha sido satisfactoria o no. Algunos ponéis caritas, emoticonos, dibujando vuestro agrado (o desagrado). Los colores del semáforo son otro sistema. El rojo indica lectura chunga, el amarillo ni fu ni fa, y el verde lectura placentera. Y por supuesto está la evaluación académica de toda la vida: del 0 al 10 hasta alcanzar la excelencia.

Puede que alguna mente perversa después de leer este artículo se decante por combinar modelos evaluatorios. Un 8 con color verde y emoticono happy ensartado en una flecha ascendente puede ser una muy buena opción de lectura para esa semana de confinamiento COVID.

Hace mucho, mucho tiempo, tal vez cuando los editores editaban incunables (del latín incunabula, en la cuna, por el estado inicial de la imprenta) se encontraron con una serie de manuscritos sin título, de un tal Aristóteles, un tipo que no alcanzó la fama literaria hasta siglos después de diñarla. Sin embargo el tocho prometía y había que publicarlo, entre otros motivos porque antes ya habían publicado otro libro del mismo autor, Física, que lo había petado en el top ten de ventas de la época.

Los editores sacaron el diccionario de griego antiguo (que en aquella época también se vendía de maravilla y que sin embargo hoy en día ha caído en desuso, ni en Re-Read Bilbao lo tenemos, cosas del progreso) y buscaron la traducción de la palabra “después”. La traducción es meta, por lo que el tocho de Aristóteles donde afirma que las cosas se definen como “sustancias” y “propiedades” ha pasado a nuestros días con el nombre de …. (redoble de tambores)… Metafísica (después de Física de Aristóteles).

Y por eso mismo, vete tú a saber cuántos años después, Facebook se llama Meta. Lo que viene después de Facebook, que da un miedito que te cagas.

Pero pensemos en la metafísica del objeto libro. El libro es la sustancia. Y las propiedades pueden ser muchas como el formato, color, tipo de impresión, peso… pero también, por qué no, su evaluación, la puntuación y grado de satisfacción que ha obtenido de cada lector. Vale que sí, y de cada lectora.

El halcón maltés de Dashiell Hammett, (considerado como uno de los creadores de la novela negra) de Alianza editorial fue coronado en su portadilla con un… (redoble de tambores)… 4,6.

No solo recibió un suspenso por parte del lector que nos lo vendió, sino que además fue con decimales. Un cuatro coma seis. Estemos conformes o no, tenemos que reconocer que la nota tuvo que ser meditada.

Lo de los decimales no lo habíamos visto nunca. Hasta el momento las puntuaciones que habíamos visto eran con flechas, colores, manitas, caritas, y por supuesto los números enteros, pero parece que también hay quienes usan los números decimales para indicar, por ejemplo en este caso, que se acerca al aprobado raspado, sin dejar de ser un suspenso.

Nota del redactor: recuerdo en mi época de universitario ir a la revisión de un examen a negociar la misma nota. Había sacado un 4,6 copiando al compañero y con chuleta camuflada bajo la camisa. El profesor sin conocer estos datos siguió opinando que me merecía un suspenso. Y es que la biografía del redactor de este despropósito está jalonada de injusticias.

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En nuestra opinión El halcón maltés de Dashiell Hammett está por encima del 8,5; porque lo hemos leído lo podemos evaluar. Copiando llega a matrícula de honor. Pero no todos los lectores opinamos lo mismo, porque la sustancia es El halcón maltés y la propiedad de su lectura es diferente para cada lector.

Por eso es casi imposible fabricar Best-Sellers, porque los gustos de los lectores son impredecibles. Por eso las editoriales invierten una pasta gansa en marketing. Para intentar, en la medida de lo posible, moldear los gustos de los lectores. Moldear la propiedad de cada sustancia publicada.

El halcón maltés se publicó por vez primera en 1930, para ti Re-Reader, un año más importante de lo que te imaginas.

Springfield además de ser una de esas cadenas de moda que estaréis visitando estas rebajas, es también el nombre de la ciudad ficticia de Los Simpson y ¡¡ohhh!! ¡¡sorpresa!! es una ciudad de los Estados Unidos (ese país al que pretendemos copiar todo lo malo que tienen). Fue en 1930 cuando Clarence Birdseye desarrolló en Springfield una tecnología para congelar alimentos. En ese año, mientras se publicaba por vez primera El halcón maltés, se congeló un chicharro. Gracias a este invento en un siglo se ha revolucionado la industria de la comida rápida y prefabricada, ofreciendo a todos los lectores del mundo un tiempo adicional impagable para poder leer más.

Hay quien dice que en realidad esta revolución gastronómica es para hacernos la vida más fácil y para que tengamos más tiempo para… trabajar. ¡¡MENTIRA!! Limitarnos a calentar comida en el microondas sirve para dedicar más tiempo a la lectura y no para trabajar más.

Nos lo recuerda Maximo Gorki en esa saga familiar, Los Artamónov, que nos advierte de que «cuando todo resulta fácil, uno se vuelve estúpido rápidamente». La dieta ¿equilibrada? de los Re-Read Bilbao se limita a comida congelada para poder leer más libros y tener más tiempo para reflexionar sobre la puntuación que asignamos a cada una de nuestras lecturas. Precisamente para no volvernos estúpidos de remate.

¿O sois de los que piensan que el progreso nos está volviendo totalmente inútiles y cada vez sabemos menos? Lo dejamos a vuestro criterio.

La cuestión que nos queda es la de… ¿qué puntuación asignamos a Metafísica de Aristóteles?

Nos lo pensamos mientras freímos una bolsa untracongelada de nuggets de pollo. Por supuesto de marca blanca, que hay que ahorrar para libros.

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