De ex libris, super libris, bibliófilos y enfermos de los libros

Los tiempos cambian y ahora se tunean automóviles, pero hubo un tiempo en que la moda no se limitaba a tintar los cristales de un cutre buga de segunda mano, sino que se trasladaba la ornamentación y por qué no decirlo, también el exceso de decoración, a los libros. Lo llamaron estilo rococó y durante un tiempo lo invadió todo, incluidos los libros que se llenaron de encajes con caprichosas combinaciones. Justo en el centro de esos pomposos encajes se dejaba un espacio para plasmar la marca de su propietario, algo impensable en las encuadernaciones plastificadas actuales. Y es que hay palabras como ex libris o super libris que hacen viajar nuestra imaginación a pasadas conjuras palaciegas.

Dime cuántos y qué tipo de libros tienes y te diré si eres un bibliófilo, un bibliómano o simplemente un flipado lector.

Sobre todo cuando hacemos compras a domicilio, nos enseñan en ocasiones libros con bonitas encuadernaciones con encajes llamativos, tal vez colores rojos con ribetes dorados. Que sea llamativo y que roce lo hortera, no significa que dicho ejemplar posea un valor económico significativo. Puede que sí, puede que no.

Para salir de dudas lo podéis llevar a tasar, pero claro, los tasadores tienen la mala costumbre de comer todos los días y cobran por sus servicios cual mercenarios bancarios, tuneadores de coches o agentes de seguros. Cualquiera en su profesión acaba siendo un mercenario que ofrece sus servicios al mejor postor.

La culpa de todo lo tuvo aquel Luis XV, un capeto descendiente de quien dio título al capítulo 6 de Los tres mosqueteros, Su majestad el rey Luis XIII. Entre ambos estuvo, cómo no, el XIV, llamado “el Rey Sol” de estilo ostentosamente barroco. Para llevar la contraria y dar más protagonismo al artista frente a las leyes artísticas oficiales, Luis XV dio barra libre al rococó para que la aristocracia y la burguesía de la época pudiese gastarse los diruchis del pueblo en rocambolescas obras de arte. Empezaba a fraguarse el mercado del arte.

Este arte pensado para el lucimiento ajeno llegó al mundo del libro. En aquella época tener una gran biblioteca era motivo de envidias y puñaladas cortesanas por la espalda. Andaba por la época un encuadernador con ideas nuevas que vender a los cándidos aristócratas, un tal Antoine Michel Padeloup, al que se le ocurrió aquello de trasladar los encajes, tan de moda en la época, a las encuadernaciones. Había nacido el modelo de encaje (dentelle), que después, a lo largo de los siglos, ha dado sido copiado por tantos otros.

En el centro de la portada, tomando protagonismo, el encuadernador dejaba un espacio más que llamativo para que su propietario dejara marcado su propiedad. A esto se le llama el super libris y era un signo de elegancia y prestigio. Así, de primeras, con un vistazo sobre la encuadernación, cualquier mortal podía reconocer al dueño del ejemplar al igual que en la época medieval de Sir Walter Scott, donde en las justas entre dos contendientes, a caballo y lanza en mano, mostraban los emblemas de sus escudos para hacerse reconocer.

Después esa marca personal pasó de la propia encuadernación al interior del libro. Aquí también se sellaba con signos heráldicos y frases altisonantes, desvirgando las hojas de guarda. Ex libris, “este libro pertenece a…” puede dar pie también a la propia creatividad. Artistas del ex libris como el danés O. H. Lode dan fe de ello. Diseñó un ex libris donde aparece un joven leyendo tendido sobre un árbol y las iniciales de su lema: Fallitur Hora Legendo (con la lectura se mata el tiempo).

Somos muchos los asesinos del tiempo que utilizamos los libros como arma. Nos llaman bibliófilos a los aficionados a los libros. Se supone que en este segmento están quienes coleccionan libros raros y valiosos, difíciles de encontrar. Tal vez no sean valiosos ni raros, pero cuando una pequeña editorial se la juega a editar chutando al mercado quinientos ejemplares, cuidadosamente ilustrados y traducidos, les confiere ya ese punto de rareza e innaccesibilidad. Se puede ser bibliófilo de novelas baratas, de romántica cutre, de narrativa histórica intrascendente… A mí me vas a decir lo que tengo que coleccionar… Si pasas tardes enteras entre libros sobando lomos como si se tratase del encaje de una meretriz, es posible que seas un/a bibliófilo/a, y para esto, ya te lo advertimos, no hay vacuna posible.

Pero confiamos en que no os suceda lo que le pasó a El Comprador de Libros, que empezó de bibliófilo y acabó en bibliómano. Un bibliómano es un comprador compulsivo, un acaparador de libros que padece y hace padecer a los de su alrededor de un trastorno obsesivo-compulsivo de compra de libros. El tipo cree que ha nacido para comprar libros y por eso se tuvo que montar una librería de segunda mano. Sólo piensa en comprar libros, constantemente, y para darles salida, los vende después, porque sólo el acto de comprar libros le pone los pelos del ombligo como escarpias. En su cabeza no hay más que cálculos aritméticos donde evalúa cuántos metros cúbicos necesita para encajar cada compra diaria.

Cientos de libros pasan cada día por sus rapaces manos, memorizando títulos, editoriales, diferentes formatos y colecciones. La comunidad científica nada puede hacer por él. Le han dado por perdido.

Contadnos Re-Readers, ¿qué clase de enfermos lectores sois? ¿Tenéis ex libris propios? ¿Os consideráis bibliófilos o tal vez también habéis sucumbido a la bibliomanía?

Otro día, si nos da la gana, hablaremos también de las marcas de fuego en los cantos de los libros, de los ex donos, y de esos otros asesinos literarios: los culturetas que mucho leen pero nada aprenden de los libros, que utilizan la letra impresa para darse aires de importancia para suplir sus complejos emocionales.

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